7 septiembre, 2018
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Ahogado de razón

LETRAS: Gabriel Chavez.

FOTOS: Roque Azcurraire.

 

(Publicada en la edición Nº76 de La Garganta Poderosa, en el mes de marzo de 2018)

 

Las tierras argentinas regadas con toxinas generan dividendos, decantan enfermedades, provocan deceso: pero nada de todo eso se convierte en progreso. O sino pregúntenle a él, que luego de servir por años a la sojera se enfermó de una polineuropatía tóxica severa. Y tras cultivar la experiencia, su historia recorre el mundo sembrando una conciencia fuerte que no para de crecer: “Algunos familiares de víctimas se acercan a desearme suerte, a lo cual les pregunto: ‘Y ustedes, ¿qué van a hacer?’”. En la ciudad entrerriana de Basavilbaso, se plató contra los transgénicos un compañero cuya verdad florece como el amaranto hasta transformarse en una lucha tenaz: “Dentro de la cadena de maldad, Monsanto es sólo un eslabón más”.

 


 

Los domingos por la mañana suelen ser silenciosos en cualquier rincón del país, pero esa mañana en Basavilbaso, Entre Ríos, era particularmente tranquila. Los negocios estaban cerrados y las calles, casi desiertas. Los pocos vecinos evitaban hablar y miraban con sospecha el andar de tres ignotos, en un pueblo donde todos se conocen. El Museo Ferroviario se erigía como una de las escasas estructuras coloridas en medio de una combinación casi uniforme entre asfalto y barro, y con sólo levantar la vista desde cualquier punto del municipio, el verde de los cultivos transgénicos señala el límite de donde termina la vida y empieza la muerte.

 

Cuando llegamos hasta la casa vimos que una de las ventanas había sido víctima de un piedrazo y se sostenía únicamente gracias a un pedacito de cinta. En una esquina del techo, una cámara velaba por la seguridad de la familia. Los golpes en la puerta fueron respondidos por los ladridos de un perro y, segundos después, una voz débil indicó que nos acercáramos a uno de los laterales de la vivienda. Allí nos recibió Bety, su mamá; una señora flaca, alta y encorvada de 82 años. Dentro del austero hogar, sólo iluminado por la luz de un par de lámparas y veladores, lo vimos sentado en una silla, con los brazos al costado del cuerpo y la espalda también encorvada. A su lado estaba “La Chola”, esa perra mestiza que le anima los días al protagonista de la historia. Fabián Tomasi tiene 51 años y se ha convertido, sin desearlo, en un símbolo de la lucha contra los agrotóxicos y el daño mortal que provocan.

 

Después de trabajar en campos de transgénicos, donde llegó a guiar a los aviones que arrojaban veneno desde el aire, Fabián terminó con una polineuropatía tóxica severa, con un 80% de gravedad, que afecta a su sistema nervioso. Los músculos consumidos por la enfermedad y la delgadez de sus brazos nos dieron la impresión de que la piel se apoyaba directamente sobre sus huesos. Cada mano, torcida hacia adentro, evidenciaba el deterioro en las articulaciones de sus dedos, unidos y casi inmóviles. En el cuerpo, decenas de costras se desprendían como la pintura vieja de una pared. “He visto morir mucha gente –dijo, recostado en la silla–. Enoja saber de qué mueren y que los familiares no se den cuenta. Hace más de un año que no salgo de casa porque me da bronca que me miren mal, al haber denunciado lo que para ellos es sinónimo de prosperidad”.

 

Su hermano Roberto también fue víctima de las fumigaciones, esas lluvias ácidas lanzadas desde avionetas: murió de cáncer de hígado. “Nunca en mi vida me voy a olvidar su agonía, lo vi gritar toda una noche del dolor”, recordó Fabián, que eligió ese punto de partida para comenzar a narrar su historia.

 

–¿Cuándo tuviste tus primeros síntomas?

–Trabajaba para la empresa Molina & Cia y lo primero que sentí fueron dolores en los dedos. Entré siendo diabético insulinodependiente, por eso se me ve tan enfermo físicamente: me afectó mucho más que a otras personas. Empecé a transitar por distintos médicos hasta que descubrieron una disminución de la capacidad pulmonar. Además, tenía lastimadas las manos y los codos, se me reventaron las rodillas y me salía líquido blanco, que lo mandé a analizar, pero casualmente las muestras se perdieron. Muchas veces no cuento esto porque dicen que fui yo el boludo por haber nadado en veneno. Y es verdad, pero lo que debe resaltarse es que son sustancias diseñadas para matar.

 

–¿Cómo sacás fuerzas para pelear día a día?

–Hay mucha gente acá que me ayuda, sino me largaría a llorar. La verdad es que tengo tanto miedo a morir, tanto miedo… Y creo que eso funciona como un escudo, de alguna manera, al igual que el humor. Todas las noches casi no duermo por el temor a no amanecer. Desde que me enfermé adelgacé 44 kilos, mi condición es un camino de ida. Yo digo que mi hermano se murió porque Dios se equivocó, ya que en realidad me buscaban a mí.

 

–Es época de plantación de soja, ¿no?

–Ahora es cuando más se fumiga. Mientras hablamos, respiramos mucha cantidad de veneno, porque a los campos les echan el pre-emergente para que no salga nada que compita con el cultivo. Si caminás cerca de un terreno repleto de soja vas a ver cómo larga vapor y eso lo tragás. Pueden pasar 20 años sin que te des cuenta, pero estás gestando algo. No todo es muerte, también hipotiroidismo, problemas renales y de diabetes, malformación en los bebés, abortos espontáneos. Yo no puedo ser flexible con el mensaje y decir «paren de fumigar las escuelas» (NdeR: en Colonia Santa Anita, un colegio fumigado le ganó un juicio a los responsables de lanzar agrotóxicos sobre el edificio). El mensaje debe ser «paren de fumigarnos». No podés ir punto por punto porque vas a perder una vida mientras peleás por esto.

 

En 1996, la Secretaría de Agricultura, Pesca y Alimentación, a cargo del ingeniero Felipe Solá, marcó un quiebre en el modelo de producción agropecuario al darle paso al paquete tecnológico producido por Monsanto, que incluye las semillas transgénicas y el producto para fumigarlas. Desde ese entonces, ha crecido considerablemente la cantidad de campos con plantación transgénica hasta llegar a la actualidad con alrededor de 24,7 millones de hectáreas en todo el país, ocupando el tercer lugar a nivel mundial, detrás de Estados Unidos y Brasil. Este sistema se estableció como un negocio redondo, con enormes ganancias para los grandes terratenientes sojeros. Para los peones de campo o las personas que viven cerca de las fumigaciones, se transformó en una manera de morir, len ta men te. El aumento en el uso de agroquímicos se debe al modelo productivo de siembra directa. Éste utilizó 30 millones de litros de herbicidas el primer año y, en 2014, 300 millones, demostrando un crecimiento brutal en menos de dos décadas. Pese a ser caratulado como potencial cancerígeno por la Organización Mundial de la Salud (OMS), el glifosato es el agroquímico más vendido para la fumigación.

 

 

–¿Qué es Monsanto?

–Es un eslabón más dentro de la cadena de maldad, porque no hay que hablar únicamente de esa compañía, sino también de todos los que viven de sus productos. Si yo te digo que sólo Monsanto es malo, estoy cayendo en un error. Sabemos que ha sido nefasto, pero hay quienes lo permiten: si tiene malos antecedentes y tanto la población como el gobierno lo aceptan, no podés culpar solamente a la empresa. Los dueños de la multinacional presumieron que podían modificar plantas con millones de años de evolución, para resistir las sustancias que les echan. Esto te da a pensar que los tipos se creyeron algo que no son.

 

–¿Por qué el herbicida afecta tanto a los humanos?

–La terminación «cida», en latín, significa «el que mata». Por eso se llaman herbicidas, insecticidas, homicidas, suicidas. Con las plantas tenemos una similitud genética mayor al 70%, ¿cómo va a hacer una sustancia para diferenciar entre un humano, un animal o un vegetal? Al tirar un veneno al viento sólo el 20% queda en las plantas y el resto sale a cazar, a matar. Pensarán que hablo de una persona, de un asesino, y es eso, porque tienen la capacidad de esconderse y esperar para pegar el zarpazo. «Por malas prácticas en contactos con agroquímicos», titulan una y otra vez. No, está mal, no existe buena práctica en esto.

 

Entre Ríos es la provincia más afectada por las fumigaciones y uno de los sitios en el mundo con mayor concentración de estos productos. Por ejemplo, San Salvador fue denominado como “El pueblo del cáncer”, dado que la mitad de las muertes resultan por derivados de esa enfermedad: sólo en cuatro años, mató a 200 personas. También sucede en Gualeguaychú, esa ciudad tan conocida por sus rimbombantes carnavales, pero detrás de ese show multicolor se perpetúa una realidad sombría de la que casi no se habla.

 

Allí, entre la rivalidad de las comparsas existe otro gran foco de infección, donde los números son muy alarmantes: en 2014 se registraron 720 casos de cáncer. No hay estadísticas oficiales más recientes.

 

–¿Cómo perjudica que se utilice tanta cantidad de químicos para fumigar?

–No hay manera de esparcir 460 millones de litros de veneno y pensar que hará un bien. Algunos expresan que trabajaron 20 años en lo mismo y que están sanos; entonces me pregunto ¿cómo lo saben? Las células del organismo se renuevan diariamente, pero si un químico interviene, esa renovación se vuelve maliciosa y se convierte en cáncer. Si durante tanto tiempo te salvaste, tuviste suerte en la ruleta rusa.

 

–¿Por qué hay agroquímicos prohibidos en el país que se siguen utilizando?

–Pasó con el endosulfán. Cuando pierde la patente Bayer, hoy dueña de Monsanto, manifiesta que ese producto es cancerígeno. Entonces les hicieron un juicio, que pudieron pagar sin problemas por la ganancia que ostentan. ¿Cómo se pronunció el Servicio Nacional de Salubridad (SENASA)? “Lo vamos a prohibir, pero dentro de cinco o diez años. Se permite la venta hasta que se acabe, porque hay mucho stock y la gente no puede perderlo”. Eso es negligencia. El SENASA no está preparado para decidir qué nos hace bien y qué nos hace mal. Si el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) considera que se necesitan sembrar inodoros, nadie lo va a cuestionar, y sólo tratarán de mejorar los inodoros. Esos son los organismos del Estado que tenemos, sin independencia del poder. Entonces, cambia el gobierno y reemplazan al director de la entidad; son empleados públicos y es obvio que hablarán por el Estado.

 

En una pared había colgadas una foto en blanco y negro de Fabián, la madre y su hija; una placa de una radio de Entre Ríos que lleva su nombre, y un premio que recibió en 2016 como personalidad del año en Basabilbaso, por elección vecinal. “Perdí muchas cosas de mi vida por denunciar que nos están envenenando. El contacto con mi hija fue una de ellas, a pesar de que vive conmigo casi no tenemos relación”, contó con tristeza. Los vehículos que pasaban lindantes a la casa lo hacían en cámara lenta, pispeando a través de la ventana qué ocurría dentro de la vivienda. Algunos, incluso, doblaron varias veces por la misma esquina durante la nota. “Hay personas en el pueblo que se acercan a saludarme y tratan de ayudar”. Sin embargo, otros funcionan como títeres de los terratenientes sojeros: lo atacan, le gritan, le lanzan piedras, atemorizados de que se les termine el negocio.

 

–¿Es difícil concientizar a la gente que no padeció este flagelo?
–Si no hubiese pasado por esto, seguro no estaría hablando, porque no comprendemos hasta que nos pasa. Admiro a quienes son activistas sin haberlo sufrido, como Silvia, una vecina que siempre me acompaña. Mi viejo murió ahogado por no decir lo que pensaba y viendo cómo me enfermaba. Desde que él falleció, salí a hablar del tema. Yo no quiero morir ahogado.

 

–¿Por qué debieron transcurrir tantos años para que se prestara atención?
–Porque se toma conciencia con el problema consumado, que es la diseminación del cáncer. Y porque todos entienden, pero nadie aprende. Cuando decís «fuera Monsanto» sin comprender la consigna, no sirve. Si vas a luchar contra alguien hay que saber. Para mí, esto es una guerra y para pelear en ella debí aprender. Algunos a los que se les murió un familiar vienen acá y me dicen al oído “suerte con tu lucha”. Entonces, pienso: «Y vos, ¿qué vas a hacer?».

–La Justicia y la medicina se ven ajenas a esta realidad. ¿A qué lo atribuís?
–La medicina sabe muy bien lo que está pasando, pero como detrás hay un gran negocio, existe connivencia. Además, la Justicia depende del Estado y los jueces cambian su parecer según el gobierno. Así, uno termina comprendiendo que la justicia que llega tarde, no es justicia.

 

Durante los últimos tiempos varios casos de intoxicación por agrotóxicos resonaron en el país. Rocío Pared tenía 12 cuando murió en el 2017 luego de comer una mandarina contaminada con furadán en Mburucuyá, Corrientes. En la localidad de Lavalle, de la misma provincia, Santiago Nicolás Arévalo, de 4 años, falleció en 2011 a causa del envenenamiento con endosulfán, en una tomatera cercana a su casa. “Acá, hace poco perdimos a Jeremías Romero. Falleció en el hospital, abrazado al hermano, en pañal y a los gritos por el dolor de estómago. Tenía sólo 4 años. Murió como mi hermano”, relató Fabián.

 

En medio de mares verdes de veneno y muerte, florece en esta casita, con los colores violetas del amaranto, la flor que nunca se marchita, capaz de resistir a los más mortales herbicidas. Esta planta sagrada de los Incas es ahora la forma en que la naturaleza le hace frente a los transgénicos y al efecto del glifosato. Junto a ella, Fabián “Amaranto” Tomasi también lucha. Y a pesar de que no recibe tratamientos ni apoyo estatal, nunca dejará de dar testimonio en tiempos difíciles. “A todos los que vienen les doy un puñado de amaranto y les pido que lo tiren en los campos de transgénicos que vean”, dice antes de despedirse, mientras siembra en nuestras manos las semillas que crecerán, algún hermoso día, en un rinconcito de Basavilbaso.

 

 

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