27 noviembre, 2018
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«Le tiraron a matar»

 

 

 

por Alejandra López,

mamá de Gabriel Gusmán,

asesinado por la espalda por el sargento Diego Sebastián Ibalo y el agente Rodrigo Oscar Molina, efectivos de la Policía de Entre Ríos, el 25 de septiembre de 2018 en el barrio Capibá de Paraná

 

 


 

 

Nació el 12 de mayo del 98 y le puse Gabriel por Batistuta, porque faltaba poquito para el Mundial. Nació un martes y se nos fue un martes. Y desnudo como llegó, así me lo dieron en la morgue. Era un chico muy cariñoso, conmigo, con las hermanas, los sobrinos. Con todos. Éramos muy compañeros. Me convencía con un solo abrazo y un beso. Le gustaba mucho usar una cadenita con la letra A. Mayra, su hermana mayor, pensaba que era de una novia que tenía, pero no, era por mi nombre. Incluso tenía mi nombre tatuado en el pecho.

 

No sé de dónde sacaba tanto cariño.

 

 

Le gustaban muchas cosas: las zapatillas, las viseras, los canelones que yo le solía hacer, los bizcochuelos de Mayra. Los animales, sobre todo, los pájaros, los caballos y su mejor amigo: Firuláis, su perro.

 

 

Los amigos le pusieron “cabeza de perro” porque era terco. Era buen amigo y no era mezquino con nada. Yo le compraba algo y a los dos o tres días alguien ya tenía la ropa de él. Y yo le decía: «No te voy a comprar más nada». Y él: “Mamá, pero si no tiene qué ponerse”.

 

Había quincenas en que el padre se demoraba en cobrar y si nosotros no teníamos gas él vendía un pájaro, compraba el gas para cocinar y se dejaba lo que le quedaba para él.

 

 

 

 

Siempre le aconsejaba a Adriana, la hermana más chica, que estudiara, que se portara bien, que ella tenía la oportunidad de hacer lo que ellos no pudieron hacer, como terminar la escuela. Él trabajaba en la construcción y ahora se estaba haciendo su piecita en el barrio Capibá.  Lo que pasó no tiene explicación. Ayer venía mi marido con la mochila, todo mojado de trabajar, yo lo miraba y parecía Gabriel que venía caminando. Me parece mentira que no esté. Todavía no lo he podido llorar bien. Todos los días me acuerdo de su risa, de sus charlas, de sus cosas. Y eso lo puede entender cualquier madre: yo pensé que mis hijos me iban a sepultar a mí.

 

 

Lo vi el sábado 22 de septiembre por última vez, dijo que iba a volver al otro día a ver a sus hermanas y no volvió más. El martes Mayra se enteró de lo que había pasado. Le mandaron un mensaje diciéndole que a Gabriel le habían metido un tiro y que estaba tirado. Se fue enseguida para el Capibá, pero no se imaginó eso.

 

 

Ibalo y Molina le dispararon de atrás, en la cabeza, con una pistola 9mm. Le tiraron a matar. Gabriel quedó un buen rato parado de espalda, porque el efectivo que le disparó tuvo tiempo de bajar de la camioneta, caminar unos pasos, ponerse en posición, disparar y matarlo. Dos tiros, uno de cada arma. No pidieron refuerzos en el operativo. El patrullero no tenía ni un rasguño. Ahí lo dejaron, como a un perro, tirado en el piso de una chancheria. Nunca llegó una ambulancia que lo pudiera salvar.

 

 

Terminamos de sepultar a Gabi y ellos ya estaban libres. Queremos que la gente se ponga en nuestro lugar. A la policía no les dan órdenes de matar, les dan órdenes de trabajar, de cuidar la sociedad, como dicen, de proteger la comunidad.

 

 

¿Qué comunidad protegen?

 

 

Como vivimos en un barrio donde no tenemos asfalto, donde andamos con las zapatillas embarradas, porque los pibes usan la visera doblada o tienen el nombre de la madre o del padre tatuado, entonces ¿no formamos parte de la comunidad? Los que no tenemos plata no tenemos derecho a nada.

 

 

Lo único que quiero es que se haga justicia. Ellos pudieron festejar el Día de la Madre y yo no porque no estaba mi hijo. Se vienen las fiestas y para nosotros no hay fiesta.

 

 

Le digo a mis hijos que tal vez yo no voy a llegar a ver el juicio ni que los policías estén presos. Pero les pido a ellos que sigan, si yo no estoy viva que ellos sigan, aunque sea por su hermanita menor… para que yo pueda descansar tranquila.

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