30 mayo, 2016
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Locro y cacerola, la villa es una sola

Ni exclusión, ni pobreza:
redistribución de la riqueza.

Revisando el aparato digestivo de Zavaleta, mediante la única arteria que lleva al colectivo y recibe la canaleta, se pueden apreciar sobre una y otra vereda, dos caras de ninguna moneda. De un lado, la última novedad, viviendas edificadas cuando Macri no gobernaba ni la Ciudad. Y del otro, un invisible recordatorio, cientos de familias en un “núcleo habitacional transitorio”, que viene instalando sus propios caños desde hace más de 50 años. O sea, para no marearte, si te parás sobre el boulevard de Iriarte, verás el tirante que la mantiene unida: una lucha incesante, para conseguir comida. Allá, en el histórico comedor “Evita”, alguien tiene una varita para transformar 250 raciones, en las 400 porciones que presenta como invento, aunque deba sacrificar su propio alimento. Y allá, en el nuevo comedor “Gargantitas”, alguien junta hasta las miguitas para ver si da la cuenta: recibe 150 unidades para servir y 320 humanidades que deben comer antes de irse a dormir. ¿Qué vinimos a gritar? Que falta para morfar, a mitad del mes. Otra vez. Y sí, la vamos a discutir a morir, porque no hay derecho para las familias sin techo que van contra la corriente de la exclusión, la represión y la topadora, mientras el presidente almuerza con la Señora. Pues vamos a organizarnos, vamos a movilizarnos, vamos a denunciarlos y no, no vamos a esperarlos, porque sabemos que tienen muchas cosas que hacer, cuando las villas gritan la hora de comer. Ni discursitos, ni alianza, ni hipocresía: tenemos miles de pibitos con la panza vacía. ¿O qué carajo piensan decir? Sueñan con abrir nuevas plantas de obediencia para jugar a las escondidas en televisión, pero sobran gargantas de resistencia, sostenidas todos los días por la autogestión. Ni raciones de humo, ni bolsones de bajo consumo, ni sangre en las chapas, ni hambre por etapas, ni nuevos silenciadores para los comedores, porque se puede pedir un plato más de guiso y tal vez no haya nada para levantar de la mesa, ¡pero jamás les pediremos permiso, para poder levantar la cabeza!

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