21 octubre, 2016
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Una lucha hermosa

Cerquita del lujoso barrio Villa Parque Chacabuco, se alza el asentamiento Valle Hermoso, donde las construcciones son de material, las tierras son fiscales y los estímulos para seguir en la lucha son morales. 60 familias viven allí desde hace por lo menos 9 años, y la más antigua tiene posesión desde hace 19. ¿Dijiste tierras fiscales? ¡Entonces son usurpadores que no pagan los servicios! No, campeón: en el mundo de la contradicción, las casas están conectadas a la luz, el agua y las cloacas, por lo que estos vecinos pagan religiosamente sus facturas.

 

 

¿Y entonces, de qué se quejan? El desalojo requerido por Fiscalía de Estado y llevado a cabo por la Justicia provincial, se hizo de un día para el otro sin previo aviso ni una intimación formal, desplegando todo un arsenal: Infantería, Caballería, grupo Kuntur y personal de tres comisarías. ¿Y de dónde vino, semejante osadía? Tras los pedidos de “seguridad” por parte de los vecinos de Villa Parque Chacabuco luego del asesinato, en ese barrio, de una mujer de 60 años.

 

 
El viernes 23 de septiembre, por una inesperada e incomprensible decisión del juez provincial Carma, los vecinos y vecinas amanecieron rodeados por las fuerzas de seguridad, que se aseguraron de forzarlos a desalojar sus casas y trasladarse. Si bien la situación tuvo sus momentos de tensión y de violencia policial, los vecinos abandonaron las casas para resguardarse, pero se instalaron con toldos y carpas en las veredas y calles a reclamar por sus hogares, a luchar por su dignidad, y a exigir una respuesta.

 

 

La lucha en el asentamiento de Valle Hermoso es por mucho más que por unos metros de tierra: es una pelea por el lugar que ocupan estas familias en el conjunto social. Y para entender esa lucha, para romper esa barrera gigante de incomprensión y desprecio que construyen los medios y sus voceros políticos, no hace falta más que sentarse a escuchar un rato, unos minutos, cómo son esas historias de luchas, quiénes las viven y cómo las viven.

 

 

Marcelo Roldán tiene treinta años y su pareja Lorena Villafañez tiene algunos menos. Juntos tienen cuatro hijos: un bebé, una nena de tres años, y dos varones más de siete y once. Desde hace 5 años comenzaron a construir su casa con ayuda de los vecinos, muchos de los cuales son albañiles. “Todos los días, entre todos, mejoramos nuestros hogares”, cuenta Marcelo, con orgullo.

 

 

Prosigue, sin ápice de melodrama: “El nene de siete tenía una orden de operación para hoy, que tuvimos que cancelar porque no podíamos tenerlo acá. La nena de tres tuvo un parásito en la cabecita, y también necesita una atención especial”.

 

 

Siempre pausado, tranquilo, no habla con resignación, sino con la experiencia de quien ya ha vivido situaciones similares: “Es algo horroroso, mis hijos están con miedo, ven que la policía va y viene, y piensan que nos van a seguir corriendo y sacando. Yo pensé que nos iban a tratar como a personas. Nunca avisaron nada antes que iba haber un desalojo. Vinieron a la mañana y nos dijeron directamente que tenemos que irnos. Tenían una lista con todos los nombres y nos fueron llamando para que saquemos las cosas. Vinieron con las caballerizas, fue algo horrible, nunca había visto algo así”.

 

 

Cuando comenzó el desalojo, Lorena se atrincheró en el interior de su hogar, amenazando a las fuerzas represivas con su propia muerte: “Yo les dije:‘me voy a prender fuego con mis hijos, no me van a sacar, y me puse con la garrafa y los colchones”. Cuesta imaginar en esa situación a Lorena, esta madre joven, con una sonrisa muy linda y ganas de vivir que se notan en cada palabra. Pero un video lo confirma: allí se la ve con su bebé en brazos, golpeando con una chapa la punta de la garrafa que hace chispas, mientras desde la puerta, algunos policías y un funcionario miran la situación sin mucho apremio.

 

 

Marcelo: “Ahí, cuando estábamos diciendo que no nos íbamos, pasó para conversar conmigo un señor de Desarrollo de Acción Social que me dijo ‘tengo una solución para darte: 500 pesos si te vas tranquilo”. Y sigue con su relato: “Le digo ‘Maestro, ¡usted se está burlando de mí!’. Y él, con una sonrisa irónica me re afirmó: ‘Le estoy dando una ayuda’”. Finalmente, entraron por la fuerza, y golpearon a la hermana de Marcelo, que estaba embarazada: “tuvieron que llevarla al SAME a asistirla, y mi mamá se cayó y se golpeó la rodilla”.

 

 

A la vuelta se empiezan a escuchar los bombos y redoblantes, y alguna sirena de policía. Marcelo cruza una suerte de baldío para volver al corte mientras Lorena vuelve a ocuparse de Xiomara que estuvo entretenida por una vecina. Cada uno vuelve a su resistencia invisible, la de empezar a pensar cómo pasar la noche, acomodar mejor los nylon, hacer un fuego para amenizar el frío, juntar a los vecinos para hacer una ollada a la noche. Se trata de la tarea de seguir estando, pero no estando para estar, para vivir tirados, para convertirse en esos “desechos humanos” que el resto de la sociedad quiere, esa “carga” para el estado, esa “amenaza” para la “gente bien”… No, estando para crecer, para mejorar, para eso que Marcelo dijo con emoción y la voz un poco trabada: “Para ser felices con los hijos”.

 

 

Tras un pedido del secretario de Vivienda y Desarrollo Urbano, Fidel Sáenz, al fiscal que solicitó el desalojo, Javier Herrera, los vecinos de Valle Hermoso han vuelto a sus hogares, después de tres días de hacer guardia fuera de sus casas.

 

 

Pero no es definitivo, ya que aun el fiscal Herrera no garantizó que cerrará la causa.

 

 

La lucha no ha terminado.

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